Fugas

Inicia el día. Uno corre de un lado a otro. Caos. Esquiva la piedra, tápate de los gases, levanta a un compañero que cayó. Corre de nuevo, un compañero sangra, lo levantas y lo acompañas a que se guarezca, mientras gritas –consternado y rabioso- pidiendo ayuda a alguien. Más compañeros se acercan y te apoyan. Regresas al frente preguntándote qué pasa, y sigues esquivando piedras. Te detienes a respirar un poco, pero no mucho porque el aire huele a pimienta, a gas CS o bromuro de bencilo, no lo sabes pero quema los ojos y la garganta, y los pulmones y el corazón, y la cólera y los porqués. Es eso. Es el tiempo de los porqués y los hasta cuándos, pero no ahora. Sólo hay polvo y suciedad en el ambiente, otro compañero cae y corres hacia él. Huele a gasolina quemada, ves a dos compañeros que vamos cargando una caja de plástico con molotov. Corremos una vez más. Nos duelen las piernas y los dedos, los pulmones. Agua. Necesitas agua. En tu mochila traes agua, y te escondes tras una pared. Bebes un poco y otro poco para el paliacate, y un poco más para refrescar la nuca. Un poco de mareo, junto a ti un compañero vomita intoxicado de bromuro de bencilo, o quizá sea gas CS, o los dos. Lo detienes y le das agua, se queda con tu botella y te vas. Él necesita más agua que tú. Pasa frente a ti el camión que embiste como ariete la valla. El ojo que todo lo ve pero que fragmente te enfoca y le rehúyes. Cavamos la fosa donde no hay estrechez ni música de baile, silban y salen sus perros a roer huesos heridos. Más polvo y más pimienta, arden los ojos. Toses con violencia, casi hasta vomitar. Pero sigues ahí resistiendo, aguantando. Una compañera te alcanza una botella, sus ojos cafés apenas te sonríen. Y se va de nuevo, cubierta de la cara y el pelo. Bebes. Respiras. Bebes. Respiras. Se abre el cerco, pero nadie lo cruza. No hay trincheras ya, pero nadie las cruza. Piensas en cruzarlas, pero tus piernas no responden. Más piedras, algo rebota en la pared a unos metro de ti. ¡Termínate el agua! Lanzas la botella hacia las serpientes que sueñan muerte. ¡Son eso! Serpientes que muerden a palos. Por fin un poco de calma, no se detiene la gresca pero sí disminuye su intensidad. Decides irte, necesitas paz. Caminas y caminas, entras al mercado y sientes que todos te miran. Estás sudado, lleno de tierra y con sangre en una mano. Seguro eres presa fácil de un policía o algún agente que ande buscando desertores. Entras al baño, piso de cemento y paredes amarillentas. Sólo vas a lavabo y te ves en el espejo. Tus ojos no son tuyos. Son de todos y de nadie. Te cuesta enfocar. Los cierras y te recargas en el lavabo. Suspiro, ruido. Suspiro, ruido. Abres el grifo y corre el agua. Mojas tus manos y llevas el agua a tu cara. Aprietas los dientes para no llorar, e intentas confudir el agua con las tres lágrimas que lograron escapar. Más agua, más rabia. Contienes las palabras en la mandíbula. Abres de nuevo tus ojos, que ya son tuyos de nuevo. Están rojos e hinchados. ¿Nada roto? Nada. Sólo una breve herida en el labio. Quizá el sol y la resequedad del ambiente. Volteas y un policía te mira fijamente. Vuelves a mojar tu cara y te secas. Sales como si nada y pasas por un puesto donde hay una tele. Reconoces la novela y escuchas “[…] en algo que se especuló profundamente de que esto se pudiera dar […]” los gritos de fondo “¡Enrique!, ¡Enrique!, ¡Enrique!, ¡Enrique!, ¡Enrique!, ¡Enrique!”, «el gran hermano» dice “[…] pero… satisfactoriamente, para la democracia mexicana con todas las imperfecciones e inconformidades que puede haber, esto permitió… se permite esto, que también habla de una alta civilidad política y yo creo que no se puede soslayar del poder legislativo. Claramente los partidos habían establecido sus inconformidades respecto al proceso electoral […]”. ¿Democracia mexicana satisfactoria? Quien atiende el puesto te dice, que chinguen a su madre esos cabrones, sólo sirven para joder, bola de putos. Sonríes y asientes. Pero tu sonrisa es fingida y se nota, quieres volcarte sobre tu enojo y correr, y correr y no voltear. Correr y hacerte escuchar por el mundo, por esos cabrones. Hacerles entender que… ¿qué les harás entender, si apenas puedes articularte? De la caja idiota resuenan los “¡Peña presidente!, ¡Peña presidente!, ¡Peña presidente!”, escuchas la voz “[…] hoy el legislativo se convierte en el centro del país, el centro de la trasformación [sic.], del cambio de un régimen al otro y que, a pesar de las inconformidades –reitero- propias del desarrollo mismo del proceso, hoy estamos precisamente ante la civilidad política, ante nuevo elementos en la forma de entendernos pero, sin por ello, dejar de reconcer nuestras diferencias. Hoy, el paso de esta nación, es grande. Hoy el paso de nuestro país, es grande. Hoy el país tiene condiciones, que lo hacen en algún sentido, en un mayor desarrollo, de civilidad política […]”. ¿Cómo terminará todo? Hubo gritos, heridos, gases, piedras, garrotes, cocteles molotov, camiones estrellados, hubo más piedras, hubo que huir y hubo que avanzar (siempre, siempre avanzar) y retroceder. ¿Qué es eso de «civilidad política»?, ¿a qué país se refiere el pendejo de Javier Solórzano? Reconozco la bandera, pero no el país del que habla. Mi México colapsó hace mucho, y el de ellos parece francamente una superpotencia mundial, con democracia libre y representativa, real y pacífica. A mi alrededor todos nos acercamos a los televisores para ver el circo político. El de la banda presidencial abraza y saluda a su sucesor, el del copete hueco. Vuelan billetes de utilería. Flashes y flashes, y la verdadera acción está afuera. Decimos lo que queremos y nos evitan. Lo gritamos y nos responden con palos y tanquetas. Pienso en la frase sesentayochera de “este diálogo no lo entendemos” que va acompañado de una tanqueta. Y entonces se pasan la banda presidencial. Han pasado simbólicamente el poder, pero formalmente quienes lo detentan, seguirán ejerciéndolo a diestra y siniestra. “[…] prestará la protesta, como presidente de la República, ante el Congreso de la Unión. Invito a los presentes a ponerse de pie, y al señor presidente de la república a rendir su protesta.” Gritos que no se entienden, mis alrededores callados. Nos han enmudecido. “En cumplimiento a lo dispuesto por el artículo 87 de nuestra Carta Magna, protesto [¿por qué tiene que levantar el brazo derecho, emulando los saludos fascistas?, ¿terminará diciendo, sieg heil!?] guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de Presidente de la República, que el pueblo [¿cuál pueblo?] me ha conferido [por un instante pensé que diría Televisa]. Mirando en todo por el bien y la prosperidad de la unión. Y si así no lo hiciere, que la nación me lo demande [¡ya lo demandamos!, ¿y quién mierda nos escuchó?]”. El otro pendejo genocida sonríe y aplaude con ese gesto de satisfacción. Los militares atrás, siempre atrás. Respira hondo, muy hondo. Toma todo el aire que puedas y vuelve al camino. Sales del mercado y compras agua. Caminas por Circunvalación hasta Manzanares, luego en Jesús María a Corregidora. Junto a Palacio Nacional cuentas, por lo menos, veinte camiones del ejército, llenos de efectivos disfrazados de robocop. Te ven con desconfianza y un par de ellos te señalan. Cruzas la acera y aceleras el paso, bajas la mirada instintivamente y en Pino Suárez intentas disiparte entre los transeúntes. Pero te siguen con la mirada, incluso un policía te sigue unos cuantos metros. Alcanzas el Zócalo. Y una vez más gritos y golpes. Polvo. Vallas que vuelan, efectivos vestidos de negro y con gorros tipo quepis negros también resisten. Ambos bandos tenemos miedo, pero no retiene a ninguno. Sino que responden con violencia. Piedras, polvo. Corre de nuevo, piensas en el ejército que espera unos metros atrás. Los de negro parecen los de Orwell, piensas en ratas mientras corres y gritas “¡Fuera Peña!, ¡Fuera Peña!, ¡Fuera Peña!, ¡Fuera Peña!”. Te quedas sin aire. El sol pega en la cara y el sudor entra a los ojos. Vuelan vallas contra los de negro, que parecen todos indígenas oaxaqueños. “El pueblo uniformado, también es explotado” piensas, mientras ves a los ojos a uno de ellos que te ve con el mismo paroxismo, y no sabe si irse contra ti o sólo maldecirte porque sabe que tu vida es mejor que la suya. Te ve y aprieta los dientes, sólo desvía la mirada cuando se da cuenta que una piedra va en dirección suya. La esquiva y cuando te busca, ya corriste de nuevo. Hace unos meses visitaste Palacio Nacional, y recuerdas que viste a un cabo con gorjal. Y piensas de nuevo en los militares que esperan la señal para entrar en acción. Miedo. Miedo que evitas gritando y levantando a un compañero. Y huyes hacia Madero. En la esquina de Motolinía cruzas un cerco de granaderos que te ven con desconfianza. Caminas y en Eje Central te encuentras con una pelea más. -Hay disturbios en toda la ciudad- piensas mientras te haces a un lado para esquivar una botella de vidrio que vuela hacia ti. Hay fotógrafos por todos lados, camarógrafos y mucha gente. Gritos y piedras que vuelan por todos lados. Parece que las cosas se tranquilizan, pero una vez más empiezan los gritos. Hay detenidos. Una señora es golpeada, un camarógrafo detenido, un granadero cae y le llueven patadas, antes que sus compañeros puedan rescatarlo. Un bote de pintura roja cae sobre los escudos. Siempre gritos y gritos. A todos, uniformado y no, nos jode. Avanzan los granaderos trotando, alcanzamos a correr y un toletazo se estrella tangencialmente en tu espalda. –Piche dolor de mierda- piensas mientras corres. Siguen los proyectiles de un lado a otro. Un joven vestido de negro y encapuchado lanza una llanta a los granaderos ¿una llanta?, ¿de dónde salió? Sigue llegando gente, y entre ellos reconoces a un conocido. Te acercas por atrás y lo espantas. Ambos ríen nerviosos. De pronto, los cuerpos represivos se repliegan. Una tensa calma inunda el ambiente. Se escuchan gritos “¡Con nosotros son cabrones, con el narco maricones!”. Así reciben a la Policía Federal. Son nuevamente las serpientes. Los ojos nos ven a todos. Detenidos, golpeados. Tomamos Eje Central y nos sentamos. Todos hablan y gritan, pasan botellas de agua y los granaderos nos cercan. Tensa calma, pero calma. Unos minutos para descansar. No ha pasado el tiempo, pero casi se termina el día. “¡Con nosotros son cabrones, con el narco maricones!” gritamos de nuevo. Caminamos y parece que se disipa la movilización. Finalmente los granaderos arremeten contra nosotros, alcanzas a correr. Caminas y caminas. ¿Qué mierda está pasando?, ¿cuándo se rompió el mundo?

Luego, sólo caminas hacia la Plaza de la República. El paisaje es desolador. Todo roto, todo. Los edificios, las fachadas, las conciencias, las dignidades. No hay espacio para las palabras, no hay nada. Sólo desolación y silencio. Adviertes que piernas, pies y pensamientos, duelen por igual. No hubo tiempo de huir, no hubo huida. Piedras y golpes. Hoy, sólo hubo tiempo de serpientes y derrotas. El día ha terminado.

Fotografía tomada de internet.

Fotografía tomada de internet.

Magnolia

y abres la noche magnolia
a un verano que sería invierno.

y pegas tu cuerpo al mío
como si quisieras contenerme
en la profundidad del abrazo.

y un suave suspiro escapa
de la luna, y nos decimos
no quiero que te vayas

pero ambos ya estamos
sobre nuestras vías,
en camino a nuestros polos.

No sabemos cuando nos veremos,
sabemos que cuando pase
desgarraremos la noche, o el día
o la mañana.
Y la luz será amarilla, puesto que
hemos muerto porque
carecemos de lenguaje.

Somos los locos acróbatas
y seremos
amantes perennes, que, de nuestro pecho
nacerán hojas caducas

II

Nadie muere en soledad. Aunque el cuerpo se yerga inerte, siempre se muere para el otro. Se llora, frente al cuerpo fenecido, por la muerte no de ese otro sino de uno mismo, puesto que no se podrá llorar cuando uno mismo se extinga.

Dos a.m.

¿Cómo es que se empieza al borde del final?, ¿quién fue el que dijo que al borde del vacío sólo nos esperaba un clavado hacia la realidad? No vemos ni oímos sólo pensamos en caer lentamente. Cuadro por cuadro vemos en una pantalla nuestra vida, nuestra propia subjetividad y en otra adjunta, vemos cada piedra y cada grieta que construye el acantilado por donde exhalamos los últimos suspiros. De fondo, la sinfonía No. 5, el primer Adaggietto de Mahler. No es la Eroica de Beethoven, ni mucho menos una abigarrada fuga barroca de Bach, tampoco la obertura de El Holandés Errante o algún fragmento de Der Ring des Nibelungen. Es Mahler, el suave checo que dedicó sus adaggiettos a su amada Alma Marie Schindler, ahora nos sirven de preludios ante el vacío, su tenue piano venció a Rachmaninov y a la alegría-tristeza de Gershwin y su Rhapsody in blue, y a los tísicos nocturnos varsovianos de Chopin.

Los violines largos de notas y profundos que se combinan nos introducen al plasma de la sensación despierta, atenuada por el saber, pero también algo enteramente obscuro e indistinto, opuesto al claro y distinto cartesiano. Es mi propia representación donde se combinan y pierden formas, del objeto que se diluye entre las figuras. “Ninguno de ellos -escribe Martí sobre los pintores los impresionistas en agosto de 1886- ha vencido todavía. La luz los vence que es gran vencedora.” Es cierto, nadie puede vencer a la luz, ni la propia penumbra, puesto que esa luz dota a la conciencia de movimiento, hace consciente de lo subjetivo (no lo objetivo) de la imagen.

Nos revelamos como objetos a la percepción como existencias susceptibles a ser comprobadas y cuyo “ser” no depende de la interpretación del sujeto sino de su propia existencia material. Existe más allá puesto que posee un contenido simbólico ajeno a la interpretación del sujeto que la percibe. Dos objetos iguales (en cuanto a imagen o funcionalidad) son radicalmente distintos, puesto que como son físicamente ajenos no pueden significar ninguna “unidad”. Es decir el primer principio de identidad (x=x) aplicaría en el sentido de que x es el objeto que es similar a sí mismo, sin embargo un segundo objeto, aún idéntico, es por mera enumeración ya distinto del primero, es decir x≠x1.[1]

Saber que somos metafísica subjetiva de la imagen y que existimos para aprehender las particularidades de lo general en la imagen. La imagen es entonces en tanto conciencia, una acción. No es la imagen a priori lo que interesa, lo ‘real’ de la imagen subyace en los tejidos que fusiona. Porque somos imagen, y en tanto acción, somos palabra y verbo. El objeto es la cosa, la conciencia, acción. La imagen como percepción y la imagen como reflexión de su materialidad, es decir como aprehensión simbólica de su propia existencia física. Esto significa el desprendimiento consciente del hábito de construir las imágenes a partir de axiomas materialistas.

Pero ¿y los objetos?, ¿no es cierto que imaginamos a través de imágenes prefabricadas?, ¿Qué nuestra originalidad radica en nuestra capacidad de yuxtaponer la propia experiencia vivencial con nuestras fantasías?, ¿no es cierto que sólo podemos pensar y vivir dentro del lenguaje que los límites mismos de la imaginación, son el propio lenguaje? Puede ser. Por eso es que mientras caemos vemos los riscos, las imágenes van acompañadas de música tenue y melódica, una ponzoña violácea se apodera del cuerpo, los ojos se desorbitan, una rabiosa espuma verde expele de la boca, las venas se coagulan y la piel se amorata rápidamente, puesto que las arterias. El cuerpo maculado implota, la piel se eriza por la breve briza que despiden sus propios suspiros.

Pero era tarde, el hombre moría sin aviso. Una profunda mirada perdida en lo convexo de su figura le separaba de los brazos de Caronte. Nada había que hacer, no era necesario ni siquiera esperar.

***

Un fósforo corre velozmente a través de su rascador. Una pequeña ignición rompe el silencio e ilumina por segundos la penumbra. El humo expande su profundo aroma por la habitación, y entonces la mano que le sostiene acerca el vástago de madera hacia un cigarrillo. La energía calorífica que libera se trasmite encendiendo el tubo de tabaco envuelto en papel arroz. El extremo opuesto del cigarrillo, sostenido por unos labios carmín, se pigmenta con el labial de la mujer. El fósforo da sus últimos atisbos de combustión, y se apaga lentamente dentro del cenicero que le contenía. La habitación permanece obscura, y solo cuando la mujer acerca el cigarrillo a sus labios e inhala, esa tenue luminiscencia esboza rojizos matices. No hay imagen en la penumbra, en tanto que no hay movimiento.

 


[1] No debe confundirse al principio de identidad con la siguiente tautología de la lógica proposicional: Esta fórmula expresa que toda proposición es verdadera si y sólo si ella misma es verdadera. Por lo tanto, expresa una verdad acerca de proposiciones y sus valores de verdad, mientras que el principio de identidad expresa una verdad acerca todo tipo de entidades.

Notas para una «poetica del desierto»

Das Nichts nichtet (la nada nadea)

Martin Heidegger

 1.

El desierto es un oxímoron de sí mismo. Su sola enunciación está ligada a un terreno inhóspito, donde por falta de lluvia carece, a primera vista, de vegetación y vida animal en abundancia; se le relaciona también con el despoblamiento, lo inhabitado y la soledad. Pero digo oxímoron puesto que es una contradicción que le contrae en sus propias paradojas. Se piensa como un lugar donde la vida es poco común, es el espacio geográfico donde existen las especies (vegetales y animales) que más se aferran a vivir, puesto que pueden sobrevivir durante largos períodos sin líquido vital. La gran mayoría de su fauna es carroñera, y su flora sobrevive gracias al espesor de su piel y a sus espinas. Aquellos habitantes del desierto son, me atrevo a decir, los inmortales que han ya bebido de todos los ríos del mundo, puesto que son infinitos. [1] Todos ellos encerrados en el laberinto que se bifurca en distintas cámaras, ahí donde habita Asterión.

Sin embargo los desiertos no son totalmente secos, hay agua en ellos. Por debajo de sus áridas dunas corren nervaduras de agua que a veces emergen a la superficie, y que ensucian al gran ego de la deshidratación, son heridas que sangran la arena. Justo alrededor de estas ciénagas crecen una infinita cantidad de plantas que circundan sus orillas y, al mismo tiempo, son visitadas por las más extrañas criaturas que le habitan. El desierto tiene vida pero contiene una lógica diversa a la que estamos acostumbrados. Es la sobrevivencia la que dota de un sentido ontológico al desierto.

2.

Hablar del desierto (enunciarlo) es hablar del exilio. Es un espacio vacío que se contiene con la nada, y es que la nada sí existe. No es sólo un recurso retórico o un artificio para darle la razón a Derrida en tanto que la enuncicación de un concepto le otorga a priori una categoría de materialidad o le dota de un sentido existencial. Cuando el ser humano se enfrenta a la soledad, no hablamos de la soledad en tanto aislamiento de otros hombres o mujeres (esa sería una soledad muy llevadera, afirma el Dr. Ángel Gabilondo)[2] sino de una soledad donde el propio yo se topa siempre cara a cara con la muerte, y casi en un sentido cortazariano su final, es el final de los finales.

El exilio obliga a que el ser vital abandone al propio hombre (como especie, no como género, aclaro) de su mismidad ontológica y le despoja, en términos generales, de su derecho a ser. El ser humano no deja de existir, eso es claro, pero sí se priva de su categoría de ser-en-el-mundo (In-der-Welt-sein) y no tiene más opción que perderse y vagar. El exiliado entonces, al morir, trasmuta de un llano mortal a un sin-nombre inmortal.[3] Y es bien sabido lo que le pasa a los inmortales, tal como se intuye en Borges y lo dice Gabilondo, hablan poco puesto que poco es lo que tienen que decir.

En un plano lógico la nada no puede ser sino nada, de hecho, la frase misma plantea una contradicción lingüística. El no-ser no puede ser. Por esto la nada heideggeriana, no se plantea como nihilismo. La nada existe y «está presente». La nada es reflejo de una experiencia que Heidegger considera privilegiada: la Angustia. Que tampoco debe de ser confundido con el miedo, ya que éste se nos presenta frente a lo que conocemos, y la nada no la conocemos, así la angustia es el reflejo del desconocimiento de la vastedad del ser, y del porvenir. “La angustia es una experiencia privilegiada que nos revela que la nada existe […] está presente”,[4] pero además tiene sentido. La angustia, es un término importado de Kierkegaard.[5] Sin embargo, para alcanzar a comprenderla, es deber comprender primeramente la nada.

Ésta nada que el hombre carga desde que es hombre nos revela, a su vez, que el hombre es un ser hecho de tiempo, del advenir del tiempo, que lo conduce únicamente hacia la muerte. Ésta muerte no sólo es material, sino que también es individual. Todos morimos, y morimos solos. Vemos que la gente a nuestro alrededor muere también, pero igualmente muere sola, “sabemos que la gente se muere, que uno se muere, pero no pensamos que nuestra muerte sea real e inevitable”.[6] Mi muerte sólo está relacionada con mi mismidad. El In-der-Welt-sein, se muere.

Como el desierto, el ser se contiene en tanto afirma su existencia y sostiene su negación. Donde se encuentra el ser, está también el no-ser. Claro que en tanto uno se desenvuelve el otro se contrae, así en cuanto el ser (perdóneseme la tautología) deja de ser, muere. Ahí es cuando el no-ser aparece con su nadeante bruma, pero terminará el ser por resurgir como el fénix. “La muerte es entonces el umbral, el espacio en blanco, entre dejar de ser y comenzar a ser. Si Dios es la ausencia de Dios, el desierto es el espacio en que Dios se hace presente al ausentarse de él”.[7] El desierto es el ser-exterior en el que se oculta el ser-divino que no somos capaces de percibir.[8] Pero la nada no se puede abordar, puesto que es indecible.

3.

El exilio es, sin duda, un concepto complejo. Por un lado podríamos afirmar que se trata del hecho de separar a una persona de su lugar de origen (en general, por motivos políticos o de seguridad personal), es decir una expatriación, una ausencia prolongada de la tierra vernácula. Es también el lugar en donde se vive esta condición, y con lugar me refiero al espacio físico donde habita el exiliado fuera de su lugar de origen. En este mismo tenor, nos podemos referir al concepto exilio como la condición humana que adopta el exiliado. De esta forma vemos que el exilio no es sólo el hecho de abandonar un espacio geográfico por motivos políticos, sino involucra la propia condición humana a través de la deconstrucción del individuo, trastoca hasta el tuétano.

Sin embargo el hecho de exiliar miembros de una comunidad no es algo característico de nuestra época, ni tampoco es algo que hayamos inventado en la modernidad. En Atenas existía un tipo muy peculiar de exilio: el ostracismo (ὀστρακισμός: ostracón). Se trata, según el Diccionario de la Real Academia, de un destierro político. Este hecho se consumaba a través de una votación democrática de los ciudadanos. En esta votación cada votante escribía el nombre de la persona a quien quería desterrar en el ostracón (la concha de barro).[9] Si el nombre de dicha persona alcanzaba una determinada cifra de votantes, tenía que marcharse de Atenas antes de 10 días y permanecer en el destierro durante 10 años. El ostracismo no era nunca permanente y, además, la persona exiliada no perdía jamás sus derechos como ciudadano e incluso podía ser perdonado por una nueva votación de la asamblea. El destierro, es diferente puesto que se trata de una orden judicial hecha desde el poder, es oficial. En cambio, el exilio es la huída. Huir de una fatalidad inminente. De una u otra forma el exiliado es nómada, errante. Le yecta fuera de su casa hacia un perenne vagar.

 ***

El exiliado es aquél que tiene que abandonar su tierra sin un adiós posible. Un adiós hacia su tierra, hacia su gente y hacia sí mismo. Y hacia su mismidad contenida en la espacialización de su propia contingencia humana. Enfrenta al hombre a su condición efímera (del griego ἐφήμερος: de un día) de existencia.

4.

La Literatura es el puente entre la realidad y el deseo, lo digo con absoluta complacencia de Cernuda. Realidad en tanto a la materialidad inmanente a la que estamos sujetos dentro de nuestra soledad cotidiana, y deseo en cuanto a nuestras proyecciones anheladas. Generamos con literatura puentes entre los social (a través del lenguaje) reconstruyendo el significado mediante lo vivencial. Literatura considerada como una posibilidad cognoscitiva: tanto de la Historia, como del presente y también como una posibilidad de proyectar un futuro fuera de los cánones impuestos por la política actual. Por un lado transformar el pasado no desde una estética, sino a través del poder de su resistencia. La resistencia de una estética frente al poder mismo. Y no de un poder sin rostro, carente de una praxis real, sino hablamos de un poder. Porque Literatura es Arte y Arte es acción liberadora.

5.

El exilio son todos los caminos que recorrió el mítico legionario del manuscrito de Cartaphilus. Y es también un sendero que el propio hombre construye con su deconstrucción, de lo que se despoja es la materia prima que utiliza para cimbrar sus vías de huída. Es una situación límite, diría Jaspers. Momentos de los que no podemos huir, ni salir ni alterar.[10] Una génesis filosófica del desierto. Y por si fuera poco, ese exilio, acerca al ser humano a su propia condición poética puesto que, como bien afirma Zambrano, existen dos representaciones del pensamiento que a pesar de que históricamente han sido separadas, en virtud de cientifisar el conocimiento y tienen un origen común. Empero en este transcurso histórico una de ellas cobró preponderancia y soslayó “[…] en los arrabales, arisca y desgarrada diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes; terriblemente indiscreta y en rebeldía”.[11] Se afirma que tienen un origen común la filosofía y la poesía, el asombro ante la totalidad del mundo y su admiración. Sin embargo el curso que cada una de ellas tomó caminos divergentes. Y remata la filósofa malagueña “[…] en la poesía encontramos directamente al hombre concreto, individual. En la filosofía al hombre en su historia universal, en su querer ser. La poesía es encuentro, […] la filosofía [búsqueda]”.[12]

6.

Droctulft, una inglesa perdida en la barbarie de la pampa y el exiliado comparten, en cierta medida un destino similar. Los tres renunciaron a los suyos. El primero por convicción, la segunda por embelesamiento y el tercero por necesidad. Es cierto también que las condiciones de la, digamos como un camelo, partida (huída, también podríamos decir) son muy diferentes pero lo que salta a la vista es una transmutación identitaria en esta inusitada triada. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales. Dejan de ser quienes eran para transformarse en un algo-alguien que dentro de sus parámetros era imposible. No son los beduinos ni bereberes que conocen el desierto, son la Legión Extranjera, son los Deutsches Afrika Korps de Rommel que yacen en el Alamein. Mueren y se enquistan en su propia soledad, son los gulag de Stalin.

¿Qué sucede con el exiliado a su vuelta –si es que esta alguna vez sucede-? Nada. El hombre no puede volver a su pasado, puesto como dice O’Gorman: la historia no tiene efectos retroactivos. El exiliado se ha vuelto nadie, ha nadeado en su condición más íntima. “El tiempo no rehace lo que perdemos; la eternidad lo guarda para la gloria y también para el fuego” dice el eterno Borges. El exiliado nunca vuelve ni a su tierra, ni a sí mismo. El exilio es un aleph incompleto, puesto que ahí se contiene todo el universo, pero no se le puede ver.


[1] Tendría que haber dicho catorce, pero por motivos meramente retóricos, me escudo en la intangibilidad del infinito.

[2] Véase el video de la Conferencia Magistral “La vida como exilio: María Zambrano” dictada por el Dr. Ángel Gabilondo en la sala “Alfonso Reyes” del Colegio de México el 23 de septiembre de 2010. Disponible en línea en: http://catedramex-esp.colmex.mx/video/zambrano/index.htm

[3] Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Jorge Luis Borges, “El Inmortal” en El Aleph.

[4] Ramón Xirau. Introducción a la historia de la Filosofía. UNAM, México, 2005, p., 459.

[5] Kierkegaard utiliza la palabra Angest para describir una condición espiritual profunda y arraigada de la inseguridad y el miedo en el hombre “liberado”. Se origina cuando el hombre se convierte en artífice de su propia fatalidad, entonces la angustia emerge puesto que el propio in-der-welt-sein teme faltar su compromiso con la divinidad, que es, estrictamente sí mismo. El concepto se generalizó entre los «existencialistas» para incluir la frustración colectiva asociada con el conflicto entre las responsabilidades reales a los principios de uno mismo, uno y otros. Este concepto ha trascendido barreras y la abordaron compositores finiseculares  como Mahler y Berg.

[6] Ídem.

[7] Juan Pablo Gómez Guízar. “El libro de las preguntas: Una ontología del desierto”. Disponible en línea en: http://www.ucm.es/info/especulo/numero44/libpregu.html

[8] Jean Chevalier y Alain Gheerbrant (1995). Diccionario de los símbolos, 5ª ed., Herder, Barcelona.

[9] “Nota erudita”: Esta votación se hacía al pie de la colina en la que se ubicaba el Cerámico, el barrio del gremio alfarero de Atenas. Al pie de dicha colina se arrojaban los productos de alfarería defectuosos, rompiéndose en trozos cóncavos que recordaban la forma cóncava e irregular de una concha de ostra (ostracon).

[10] Karl Jaspers. La Filosofía desde el punto de vista de la existencia. Trad. José Gaos, FCE, México, 2003, pp. 19-21.

[11] María Zambrano. Filosofía y Poesía. México, FCE, 2006, p. 14.

[12] Ibíd., p. 13.